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viernes, 18 de abril de 2014

Gabo, para siempre





No por esperada es menos sentida la noticia: acaba de morir García Márquez, Gabo.

Le debo mucho en mi afición a la lectura. Leí demasiado pronto su “Cien años de soledad” y era consciente de que me perdía muchas cosas, por eso lo volví a leer un tiempo después. Desde entonces han sido incontables la relecturas de esa estirpe de Macondo. He soñado Macondo al derecho y al revés. Lo he vivido tantas veces y de tantas maneras que forma parte de mi historia personal. He ido haciéndome con todas las ediciones que han caído en mis manos. En fin, mi casa también está en Macondo.

Casi todo lo que ha escrito García Márquez está aquí, es esta casa en la que he ido a caer, en esta tierra extraña. Y hoy mucho más sola.

Se habla casi siempre del párrafo inicial de su inmortal novela: “Muchos años después , frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

Yo hoy prefiero poner el final del libro que también me parece prodigioso.

“Entonces empezó el viento, tibio, incipiente, lleno de voces del pasado, de murmullos de geranios antiguos, de suspiros de desengaños anteriores a las nostalgias más tenaces. No lo advirtió porque en aquel momento estaba descubriendo los primeros indicios de su ser, en un abuelo concupiscente que se dejaba arrastrar por la frivolidad a través de un páramo alucinado, en busca de una mujer hermosa a quien no haría feliz. Aureliano lo reconoció, persiguió los caminos ocultos de su descendencia, y encontró el instante de su propia concepción entre los alacranes y las mariposas amarillas de un baño crepuscular, donde un menestral saciaba su lujuria con una mujer que se le entregaba por rebeldía. Estaba tan absorto, que no sintió tampoco la segunda arremetida del viento, cuya potencia ciclónica arrancó de los quicios las puertas y las ventanas, descuajó el techo de la galería oriental y desarraigó los cimientos. Sólo entonces descubrió que Amaranta Úrsula no era su hermana, sino su tía, y que Francis Drake había asaltado a Riohacha solamente para que ellos pudieran buscarse por los laberintos más intrincados de la sangre, hasta engendrar el animal mitológico que había de poner término a la estirpe. Macondo era ya un pavoroso remolino de polvo y escombros centrifugado por la cólera del huracán bíblico, cuando Aureliano saltó once páginas para no perder el tiempo en hechos demasiado conocidos, y empezó a descifrar el instante que estaba viviendo, descifrándolo a medida que lo vivía, profetizándose a sí mismo en el acto de descifrar la última página de los pergaminos, como si se estuviera viendo en un espejo hablado. Entonces dio otro salto para anticiparse a las predicciones y averiguar la fecha y las circunstancias de su muerte. Sin embargo, antes de llegar al verso final ya había comprendido que no saldría jamás de ese cuarto, pues estaba previsto que la ciudad de los espejos (o los espejismos) sería arrasada por el viento y desterrada de la memoria de los hombres en el instante en que Aureliano Babilonia acabara de descifrar los pergaminos, y que todo lo escrito en ellos era irrepetible desde siempre y para siempre porque las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra."



"La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla".

Gracias, Gabo, por tantas horas de lecturas y sueños.



Cortázar asustando a García Márquez






martes, 15 de abril de 2014




Edward Hopper


“-Ha esperado usted mucho?
 -Toda la vida"

En la película "Érase una vez América"



jueves, 10 de abril de 2014

inútil huida



¡Paraíso perdido!
Perdido por buscarte,
yo, sin luz para siempre.

Rafael Alberti


Atrapada en un mundo que no es el mío
y en un amor que no es el tuyo
Estoy lejos
muy lejos de todo
y la vida se muestra con crudeza

Apenas chispea frágil el tiempo

Y el silencio marca un cerco de roca
                                         me deja inmóvil
                                                           inútil la huida

No habrá mañana ahora
lo sé

También la muerte
vendrá como un bálsamo

Monalisa




viernes, 4 de abril de 2014

Las Rubáiyátas (Final). MAGISTRAL


"Sísifo" de Tiziano Vecellio



Madrid, julio 1976

Doina: acabo de recibir una carta de Horacio Martín. Me apresuro a escribirte para comunicarte, pues, que Horacio sigue deambulando (su carta me llega desde un país americano, pero en ella me informa de que se dispone a partir hacia cualquier otro lugar que incluso él desconoce). Te escribo también para contarte que Martín no sólo sigue vivo, sino que no se ha vuelto loco -supuesto que el pensar no sea una forma clandestina de demencia, y yo pienso que no lo es, o en todo caso que esa demencia es pavorosamente necesaria a los solitarios, a los autoexiliados, a los insomnes, a las víctimas de esa rara ética que soportan los forajidos que no tienen perseguidor. Quiero ahora transmitirte, Doina, el contenido de esta carta.


En ella Martín me confía que lleva varios días -tú y yo debemos entender varias noches- reflexionando sobre aquel desdichado al que Homero llamaba Sísifo y a quien Albert Camus, con misericordiosa ligereza, consideró dichoso. Horacio, citando a Camus, me recuerda que el desprecio de Sísifo por los dioses, “su odio a la muerte y su apasionamiento por la vida le valieron ese suplicio increíble en el que todo ser se dedica a no acabar nada”. Me indica Horacio que siente un gran desprecio por esa frase -así como por tantas otras de aquel civil y enérgico dubitativo-, pero que no puede entender ese supuesto desprecio por los dioses. Martín sostiene que el desprecio hacia cualquier forma de la divinidad, en cualquier religión y en cualquier tiempo, no pasa de ser una manera de pavor encubierto, o una retórica aberración de la inteligencia, o un lamento agresivo por el descubrimiento de la inexistencia de un dios.  La soledad -dice Martín- es mucho más intolerable de lo que puede resistir la fortaleza de los solitarios, amontonan hipótesis, teorías o simplemente aterrados deseos, para vivir la soledad con trajes que, sin embargo, nunca encubren su incalculable desnudez.

Para Martín, el momento en que Albert Camus sorprende y analiza a Sísifo es de algún modo una patética mentira. Es cierto que, según dicen esas leyendas a que el enojo de los siglos no ha querido consentir la liberación del olvido, Sísifo fue condenado por los dioses a repetir eternamente un esfuerzo baldío. Esas leyendas, sobrevenidas desde el rencor y la miseria de los mortales, informan de que Sísifo había de transportar una pesada piedra desde la profunda caverna de los dioses hasta la cima de una montaña, una y otra vez, sin descanso, sin fin. Llegado Sísifo con su carga a la cúspide, la piedra cada vez rodaba de nuevo hasta el fondo. Sísifo descendía, volvía a cargar la piedra, volvía a trepar hacia la cima. En el museo del Prado, una pintura del Tiziano muestra la musculosa contextura de Sísifo, la enorme piedra sobre sus espaldas, el roquedal en cuesta por el que trepa el castigado, y una especie de niebla u oscuridad o maldición que acompaña y enmarca a ese híbrido escandaloso, mitas ser, mitad piedra. El Tiziano, más lúcido que Albert Camus, más justo y compasivo, no ha querido mostrarnos a Sísifo en la cumbre y en ese instante en que la piedra rueda de nuevo al fondo, en ese momento perplejo y verdaderamente absurdo -y no quiso tampoco representar a Sísifo en el lento descenso, amainado por una excesiva humildad, en busca de la piedra infamante, burlona, criminal.

Camus, en cambio, escribe con soberbia más o menos conmovedora; “Sísifo me interesa durante ese regreso, esa pausa… Veo a ese hombre volver a bajar con paso lento pero tenaz hacia el tormento cuyo fin no conocerá. Esta hora que es como una respiración y que vuelve tan fatalmente como su desdicha, es la hora de la conciencia… Si este mito es trágico, lo es porque su protagonista tiene conciencia. ¿En qué consistiría, en efecto, su castigo si a cada paso le sostuviera la esperanza de conseguir su propósito? El obrero actual trabaja durante todos los días de su vida en las mismas tareas, y ese destino no es menos absurdo. Pero no es trágico sino en los raros momentos en que se hace consciente. Sísifo, proletario de los dioses, impotente y rebelde, conoce toda la magnitud de su condición miserable: en ella piensa durante su descenso. La clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria”. Camus, comenta Horacio, se enreda luego0 en una rápida teoría, brillante, inconvincente, sobre la desobediencia del mortal con respecto a los dioses: la integración del castigado a la piedra que lo atormenta conlleva la negación del dios y convierte a la vida resueltamente en un asunto de mortales. “Toda la alegría silenciosa de Sísifo se convierte en eso -concluye Camus-. Su destino le pertenece. Su roca es su cosa. Del mismo modo, el hombre absurdo, cuando contempla su tormento, hace callar a todos los ídolos… Hay que imaginarse a Sísifo dichoso.”

No -me dice Martín en su carta-. El Hombre no se libera de la estúpida cólera de los dioses si no consigue liberarse del castigo que aquéllos le impusieron. Aceptar un tormento no es apropiarse de un destino. La roca que lo humilla sin fin, que lo convierte en esforzado interminable, no puede ser su libertad. El instante es que Sísifo desciende en busca de una piedra que habrá de emborronar el destino de su energía no es el instante de la conciencia, sino el de la obediencia. Asumir un esfuerzo  inútil no significa vencer ni borrar a los dioses, sino glorificarlos -o inventarlos-. Hacerse abrazo con la piedra -con el castigo- no es el esfuerzo del rebelde, sino el del resignado. La clarividencia con que, según Camus, ese tormento se convierte en victoria no es ni clarividencia ni victoria: es el jadeo de un pensar esclavo. Contemplar el propio tormento y estar resuelto a convalidarlo hasta el fin no es hacer callar a los ídolos, sino conferirles una dignidad que su crueldad y su indiferencia no merecen. Sísifo “Proletario de los dioses”, o cualquier proletario al servicio de poderosos -dice Martín, y yo comparto, Doina-, con su tormento no encuentran ni el destino ni la dicha, sino la humillación y el sentido. Las leyendas hablan de un Sísifo atormentado y solitario, Y Camus nos presenta un Sísifo solitario y que convierte su tormento en su orgullo. El Camus que interpreta esas leyendas eligió no condescender a pensar dos hipótesis más humanas. Con la anotación de esas dos hipótesis, Doina, concluye Horacio Martín esa carta que en cierto modo me ha aliviado y que me he apresurado a confiarte.

La primera hipótesis propone que los Sísifo eran legión, que un día acordaron descargarse de su tormento que dejaron rodar a sus cargas malvadas, que ascendieron unidos a la cima cantando, que usaron su musculatura en la construcción de una ciudad sin dioses vengativos y hecha con piedras que jamás rodasen en dirección contraria a sus calles humanas, que construyeron con su fraternidad y su rebelión un destino sin culpa ni obediencia, un destino cuya verja es la muerte, pero cuyo jardín sería siempre la vida; que olvidaron los barrancos , la inútil ascensión, el peso baldío, y celebraron ritualmente ese olvido -para no olvidarlo jamás-: que se volvieron, de verdad, humildes y rebeldes; es decir, combatieron a la resignación y a la desdicha, y a la vez al delirio de parecerse a dioses mediante la sumisión eterna a unos castigos que ya no toleraban. Esta hipótesis -concluye Horacio- no es más ilusoria que la de un Sísifo solitario, castigado y dichoso, y es, desde luego, menos inhumana.

La segunda hipótesis prescinde de los cantos, la construcción de una ciudad, el combate, la dicha. Consiste en una imagen menos estética y menos multitudinaria, y contempla a Sísifo subiendo con la piedra infame; pero en uno de esos implacables viajes cuyo sudor los dioses observan con desprecio, Sísifo, fatigado y dispuesto de pronto a convertir en destino a su fatiga, suelta la piedra minuciosamente, la ve rodar a los barrancos, mira a la cima con una sonrisa parecida al desdén, se sienta a mitad de camino entre la cima y el barranco, le da un beso a su soledad y se dispone a esperar el trabajo de la vejez y de la muerte: es decir, se recuesta confiado en lo único que no castiga, ni engaña ni traiciona: el olvido.

Hasta aquí, Doina, el comentario de Martín a aquella tan brillante y libresca especulación de Camus. Comentario que me parece, aparte de un adulto homenaje, un pretexto mediante el que Martín parece confiarnos por lo menos el balbuceo de una nueva etapa en su proceso intelectual. Ignoro si, en mayor medida que la lucidez, son la necesidad, el miedo o el cariño quienes me aconsejan interpretar esas reflexiones de Horacio como una prueba de que en nuestro querido forajido se ha iniciado el cansancio. Creo ver, también, que ese cansancio no carece de la clarividencia del coraje. Si esta hipótesis mía no está refutada por la risa brutal del desacierto o el exceso de la esperanza, hay que confiaren que algo tal vez ha comenzado. Desde que Horacio se entregó a la busca (¿pero de qué?) en la huida, en esta carta suya que hoy recibo veo por primera vez una atenta mirada clavada en la palabra ¡Basta! Y por primera vez en sus oscuros años de expatriación y soledad, esa palabra aparece asociada a un soñado clamor de todos los que sufren el destino miserable de Sísifo -los sísifos plurales que, lejos de suponer su identidad vinculada a una orgullosa aceptación de los castigos  de los dioses, cifran su orgullo en encontrar rostros terrenos a esos dioses (¿quién podría asegurar que no fueron inventados por terror?) y golpear esos rostros con todo el odio que de ellos recibieron. Conjeturo que las bestiales formas que el poder adopta actualmente en los pueblos americanos, y el indecible número de sísifos que se extenúan en el chapoteante caldo de esa bestialidad, son hechos que ayudan a Martín a cuestionar no únicamente las páginas de un libro que hablan de aquel mito horrendo con cierta ligereza, sino también algunas zonas demasiado obstinadas de su propio dolor y de su propio desconcierto; quizá, incluso, cuestionan su desmedido respeto por la calamidad.

Pero no quiero, Doina, ocultarte que aborrezco la obscenidad de la ilusión: “confiado en lo único que no castiga, ni engaña, ni traiciona: el olvido”, es frase literal que tomo de la carta de Horacio. Y en tal presunta decisión de Sísifo, que es una de las alternativas que Martín propone como honorable dialéctica del mito, no hay ni el sosiego de la multitud ni la multitud del sosiego. Qué está ocurriendo en la cabeza de Martín en este momento y en estas infamadas tierras (si es que no se ha alejado ya de ellas) es cosa que yo ignoro, que posiblemente también ignora Horacio, y que tú tendrás que ignorar. ¿Pero qué podrá estar sucediendo, e inclusive naciendo, en el fondo de esa ignorancia? Mi sinceridad o tal vez mi cautela no me consiente enviarte un alivio mayor que el que tú puedas arrancar de los pliegues de esa pregunta. En todo caso, Doina, mientras podamos preguntar apasionadamente (es decir, mientras quede en nosotros una dosis apasionada de decencia intelectual), el universo puede tener oculto algún hilillo de sentido enigmático, la huida de Horacio pudiera estar inmersa en alguna misteriosa armonía, y Horacio mismo seguirá siendo digno de todo nuestro sobresaltado amor. Uno mi ignorancia a la tuya para seguir leyendo el raro libro que la ignorancia de Martín escribe.

Finalmente, quiero resumir para ti lo que he creído leer en la carta de Horacio: hasta hoy, pareciera que a Martín sólo le estaba destinado el horizonte de los desesperados; hoy, deduzco que su horizonte se desplaza y que nuestro querido Horacio puede aspirar a ser o solidario o solitario. Quizá jamás pueda elegir y es muy posible que consuma el resto de su vida vitalizado y devorado por la contienda que en su corazón pueden librar la solidaridad, la soledad, la cólera, el temor, la incertidumbre. No es un destino sosegado. Tampoco desdeñable. Por lo menos, mientras el lenguaje le acaricie la cara con su mano maravillosa.

Te quiere


Félix 

martes, 1 de abril de 2014

Rubáiyátas IV






                                                               
Sí, lo confieso, estas RUBÁIYÁTAS me han dejado gravemente herida. Escritas desde una extraña juventud de alter ego -como para pagar la deuda de una huida necesaria-, hieren ésta en la que yo, extrañamente, me encuentro y que sé imposible. O tal vez sean la rebeldía ante el tiempo que agota y consume.
Y he tenido que poner esta larga entrada porque necesito ya quitarme de encima esta herida. Acabar con ella. Acabar con esta agonía de suma y sigue. Me temo que también el poeta pretendía cerrar una herida.



La majestad del compromiso

Sólo son verdaderas
las palabras irreparables

El amor es precipitado

Por cada palabra de astucia
de paciencia o temor
de incertidumbre o cautela
que manche a nuestra boca,
un amante en su tumba
se volverá de espaldas coronado de asco

Ten respeto al descanso de los muertos

Comprométete o calla                Ven o vete





A amor y errores las gentes
suelen poner de nombre culpa.
Su moral se lo pague.

En “Canción humilde y arrogante”





Ensucian el lenguaje

Se les llena la boca de la palabra Juntos,
aprenden a decir Amor mío
como quien dobla cuidadoso un traje
o limpia el cepillo de dientes

Las bocas, las gargantas de su piel
se ahogan en un océano al que llaman Cariño:
un mar conservador y poderoso
como una tiranía.

Antaño amantes con mano de tizón
se degradan hasta tibios esposos,
llegan a amarse como hermanos;
como parientes, como conocidos
Extraño incesto, extraño incesto

Llámanle Convivir a esa desgracia, Loba:
ensucian al lenguaje, al amor, a la vida

Primero nos trague la tierra





El buen salvaje

Llegué a creer que la felicidad
no es un asunto de los seres humanos
Y le llamé conocimiento
a una escarcha diaria y contagiosa
cuyo nombre es claudicación

Por todas partes me nacían camaradas
Veían grandeza en mi preocupación
llamaban madurez a mi infortunio
La miseria siempre ha gozado
de un raro y comunal prestigio


Ahora, cuando tu piel me dio el coraje
para agredir a la resignación
y bramar por la dicha en medio de las plazas

seres, instituciones, todo
me rehúye o me segrega
todo se aparta de mi lado, hiedo
Soy un peligro público que expande
la pestilencia de la libertad





El destino es ahora dar voces solitarias

En cuanto a mí, no he de fingir
una serenidad que no merezco,
que no tengo, que no ambiciono

Vivo con brasas. No las temo
no las oculto, no las apago. Que ardan,
que calcinan, que templen
Ahora soy puro fuego amoral

En cuanto a ti, que ciertos muros
se desmoronen estupefactos,
que cierto mar caritativamente
en lugar de bramar te mire silencioso,
y que los más benignos dioses
te perdonen tapándose la cara
… si logras simular olvido


Enférmate o muerde tus labios:

De igual modo que yo vocearás en la noche


Felix Grande




jueves, 27 de marzo de 2014




María Kreyn


Mi manera de amarte es sencilla:
te aprieto a mí
como si hubiera un poco de justicia en mi corazón
y yo te la pudiese dar con el cuerpo.

Cuando revuelvo tus cabellos
algo hermoso se forma entre mis manos.

Y casi no sé más. Yo sólo aspiro
a estar contigo en paz y a estar en paz
con un deber desconocido
que a veces pesa también en mi corazón.

Gamoneda




lunes, 24 de marzo de 2014

Demasiado corazón



Qué extraña manera elije la vida a veces para decirnos que está ahí, que seguimos siendo.
Llora princesa, es tu más íntimo derecho, tu soledad más sonora. Es lo que ahora toca.
Pasará, como todo, pasará. Y espero ver pronto a la mujer valiente, decidida, rebelde. A la mujer rotunda y de cuerpo entero que siempre has sido. Esa mujer que ha puesto su corazón entero en todo y siempre para todos. Demasiado corazón.




La vida sigue, querida.






viernes, 21 de marzo de 2014

Cargada de futuro




Hoy, día Mundial de la Poesía: Para los que se van, para los que llegan, para los que no les es permitido llegar. Por que haya un día en que todos los países sean una casa. Por que el hombre deje de ser un lobo para el hombre. Y por que la poesía siga siendo un arma cargada de futuro, que aliente y caliente al corazón necesitado.



¿Por qué te vas tan lejos?,
me preguntó la abuela.
Tengo que trabajar, le dije.

Nosotros también nos fuimos,
igual nuestros hermanos:
ellos no volvieron.

Te vas tan joven y sola, decía,
serás extranjera.
Y señaló el mapa.

¿Por qué te vas tan lejos?,
repetía, con lo bien que estabas
aquí – coche, hipoteca, préstamo -.

Voy a buscar una vida grande, abuela.
Y la abuela me miró a los ojos,
acariciando mi cara con sus manos:

que el viaje no sea duro,
que el país sea una casa,
que los amigos te duren para siempre.

Sara Herrera Peralta en "Hay una araña en mi clavícula" 



En la prensa de hoy, ayer ya:

"Ya son 2.058.048 los españoles por el mundo".
También hoy he conocido a Manyara, y me encanta que se sienta feliz en esta, su casa.





martes, 18 de marzo de 2014

Rubáiyátas (III)




Al-Ándalus será nuestro testigo

A quien, cobardemente
y como bestia impura,
te quisiera hacer ver que no es posible,
primero le maldecirás
usando para ello las palabras
más temibles que hayan sonado
desde el sagrado Éufrates
hasta esa Córdoba que el árabe
honró con su casida
y emocionó con su destierro

y después, boreal,
untándote la voz con dátiles y miel
y con los ojos llenos de culebras dormidas,
suave, cortés, mas sin vacilación
y, en fin, como si hablaras
desde las puntas de tus pechos,
respóndele que sí, que sí es posible
esa ya antigua muerte augusta:
sufrir y consumirse y reventar de amor.

Esto dile en mi nombre
y vuélvele la espalda.


Y a nosotros que nos proteja la fortuna.




Parábola


No hay amores malditos

Hay podre      leyes      usos
error      espanto      astucia
impotencias      doma     compraventa
cobardía y calamidad

No hay amores malditos

Félix Grande




lunes, 17 de marzo de 2014

Rubáiyátas (II)






Martín, ingenuamente, suele lamentarse de no haber podido estudiar en la Universidad. A cambio, leyó con voracidad y hasta quizá con odio. La fortuna o su propio pasado le orientaron hacia los escritores más desobedientes de la Tierra. En ellos aprendió marginación y rebeldía, solitaria impaciencia y colérica compasión. El resto, casi todo, lo aprendió en las mujeres. En sus cuerpos fue descifrando la cara imposible del mundo y las señales de su propio rostro. En los cuerpos de las mujeres vio los mares y vio los siglos, la vegetación y las bestias, los astros y la fruta y la música. Sus rubáiyátas no son más que ademanes de un loco y minucioso impulso de agradecimiento solar y de incertidumbre que está pidiendo tregua: a la mujer, al cuerpo. Martín le puso nombre a la carne de hembra. Ese nombre fue patria. Su otra pasión es la grandeza enigmática de los fonemas, su indecible seña , su cósmica piedad, su jadeo. La mujer, el lenguaje: para Martín ahí está el universo. Ante una de las mujeres en que aprendió a perderse y a encontrarse con idéntica decisión debió de sentir más sorpresa y más admiración y más alivio aún que ante las otras , y acometió con ella una empresa en la que jamás había creído ni llegaría a creer: el matrimonio. A esa mujer, en los primeros tiempos la llamaba “mi doina”. Años después , es sus Apuntes la llamaba con un nombre más vasto: “mi Doina, mi mujer, mi esposa, mi compañera, mi cómplice, mi amante, mi espía, mi amiga, mi enfermera, mi verdugo, mi hermana, mi víctima, mi fortuna, mi castigo, mi prima, mi recuerdo, mi querida, mi poder, mi porvenir, mi confusión, mi confesor, mi esclava, mi libertad, mi poder, mi soberbia, mi humillación, mi orgullo, mi presunción, mi remordimiento, mi placer, mi angustia, mi acerico, mi ceiba, mi hamaca, mi cruz, mi perra, mi cárcel, mi aldaba…”. Entre esos dos bautismos, Doina y Martín fueron felices sin moderación y desdichados sin hipocresía. Martín nunca fue fiel a su mujer, si por fidelidad nos obstinamos en aludir, con mal nombre, a una fiebre de miedo y busca, a un hambre de saber y de olvido, que va borrando a las sillas de la vida, al sosiego, las puertas, las paredes, y que va escuchando sonidos y silencios del ser, de ese modo inexorable real que llamamos alucinado. Si estas palabras forman la caricia de una disculpa, tal vez sean parte de una deuda que la comprensión tiene contraída con Horacio Martín. Una comprensión de la que él mismo no logra ser muy ávido: en contra de sus propias palabras (suele decir muy a menudo que jamás se siente culpable de la errante sed de su cuerpo), lo cierto es que Martín no puede resistir el sufrimiento de los que ama: el desamor lo paraliza y lo confunde, pero el asombroso espectáculo del dolor de los otros lo asfixia y lo aterra. Creo que es esta la causa (uno de sus episodios extraconyugales se convirtió para todos los protagonistas en un tremendo megaterio de sufrimiento) por la que una mañana, cuando Doina se despertó, no lo encontró en la casa. Ni en la ciudad. Ni en el país. Era la cobardía de no poder con el dolor de Doina y el pudor de no querer mostrarle el suyo. Dos sufrimientos juntos pueden ser enriquecedores si son paralelos. Martín temió que al ser heterogéneos fueran sencillamente criminales. Arrastrando a su vida o arrastrado por ella, desapareció. Como Sartre ha escrito a propósito de Nizan: “…separado de todos y diciendo no”.


Felix Grande, en la Nota preliminar al libro de poemas “Las Rubáiyátas de Horacio Martín”

Madrid, enero 1974