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domingo, 23 de junio de 2013

la verdad






He conjugado el verbo amar
en presente, en futuro
y también en pasado
intentando siempre no mentirme.

Ya sabes que detesto la mentira
                    (es algo que lo pudre todo)
y sé que ni la verdad ni la mentira
pueden nunca ser piadosas.



Ahora quiero sentirme amada,
cuidarte, compartir mi soledad
y amasarla con la tuya,
reír y llorar contigo,
ayudarte en la lucha y el trabajo.
Caminar los días a tu lado
sin tener que describirlos.
Dorar el sol y reposar la noche.

Quererme, también, contigo.

Conocerte. Saber quién eres,
qué llevas en los pliegues de los años,
cuál es tu sueño de hoy.
Derrotar a la prudencia.

Quiero ser el espigón que 
se adentra en tu espesura.
                     


Quiero tu silencio junto al mío.
Porque, aun sabiendo que nada es verdad,
detesto la mentira.

Y ahora, dime que me quieres.


Monalisa






jueves, 20 de junio de 2013

De nuevo Pavese


Marta Everest

Las mañanas pasan claras
y desiertas. De igual modo tus ojos
se abrían hace tiempo. La mañana
transcurría lenta, era un remolino
de luz inmóvil. Callaba.
Tú callabas, viva; las cosas
vivían bajo tus ojos
(ni pena, ni fiebre, ni sombra)
como un mar matinal, claro.
Donde tú estás, luz, está la mañana.
Eras la vida y las cosas.
En ti respirábamos, despiertos
bajo el cielo que aún hay en nosotros.
Ni pena, ni fiebre, entonces,
ni esta sombra pesada del día
lleno de gente y distinto.
¡Oh luz, claridad lejana,
respiración cansada, dirige hacia nosotros
los ojos inmóviles y claros!
Es oscura la mañana que pasa
sin la luz de tus ojos.

Cesare Pavese en "Vendrá la muerte y tendrá tus ojos"



miércoles, 19 de junio de 2013

silencio




Cada uno de nosotros intenta a su manera curarse del sentimiento de culpa, de la sensación de pánico, del silencio. (…) Y después están todas las cosas que se hacen para no tener que hablar: unos pasan las veladas dormidos en salas de proyección, con una mujer al lado a la que, de este modo, no se sienten obligados a hablar; otros aprenden a jugar a bridge; otros hacen el amor, que se puede hacer también sin palabras. Se suele decir que estas cosas se hacen para engañar el tiempo: en realidad se hacen para engañar el silencio.
(…) El silencio debe ser contemplado y juzgado desde el punto de vista moral. No nos es dado elegir si ser felices o infelices. Pero es preciso elegir no ser diabólicamente infelices. El silencio puede alcanzar una forma de infelicidad cerrada, monstruosa, diabólica: puede ajar los días de la juventud, hacer amargo el pan. Puede llevar, como se ha dicho, a la muerte.
El silencio debe ser contemplado y juzgado desde el punto de vista moral. Porque el silencio, como la apatía y la lujuria, es un pecado. El hecho de que en nuestra época sea un pecado común a todos nuestros semejantes, que sea el fruto amargo de nuestra época malsana, no nos exime del deber de reconocer su naturaleza, de llamarlo por su verdadero nombre.

Natalia Ginzburg en el relato Silencio. Del libro "Las pequeñas virtudes"




domingo, 16 de junio de 2013

li-las




Mi abuelo tenía un corral grande en el que había reservado una pequeña parcelita para un huerto en el que sembró muchas cosas, pero yo sólo recuerdo los girasoles. En el corral también plantó un manzano. Las manzanas eran pequeñas pero de un dulce como no he vuelto a probar nunca más. Y había un pozo que daba un agua muy fresca, y que estaba bien protegido contra cualquier travesura de los niños. Porque allí jugábamos todos sus nietos. Por eso mi abuelo también puso un columpio que él mismo hizo y que siempre era motivo de disputas entre los que entonces éramos niños. Para cronometrar el tiempo que cada uno se mecía utilizábamos una cancioncilla que cantábamos todos a coro. Cuando terminaba la canción era el tiempo del relevo: "Me toca a mí!" Y vuelta a empezar. A veces, tenían que venir los mayores a apaciguar los ánimos.
También puso mi abuelo un pequeño cortadillo con arena en donde jugábamos todos los primos con cubos, palas y a puñados. Había, recuerdo, un celemín que, a falta de otro uso, mi abuela utilizaba para poner las pinzas de la ropa. Porque entre los árboles y girasoles, mi abuela tendía la ropa a secar, con una limpieza cuyo olor aún recuerdo. Mi abuelo cuidaba del huerto donde había girasoles, cuidaba los árboles, la parra (que también la había), y mi abuela cuidaba sus plantas que ponía en grandes macetones. Tenía tan buena mano que nunca he visto plantas más hermosas: hortensias, crisantemos, galanes de noche... que de la mano de mi abuela se convertían en piezas de museo. Pero lo que más recuerdo del corral de mi abuelo es el lilo. Tal vez porque entraba por todos los sentidos. Llenaba la vista, el aroma (que siempre me lleva a aquellos años) lo invadía todo, y además, siempre que lo pienso, ahora con el tiempo, escucho música de flautas. En esta época del año, se llenaba de lilas aromáticas como si hubieran nevado del cielo los pequeños pétalos formando pináculos que cuajaban el árbol de un color que siempre ha marcado mi vida. Y muy a menudo nos llevábamos enormes ramos de lilas a casa que poníamos en jarrones con agua. Duraban muy poco, pero no importaba, el árbol del abuelo seguía nevado de flores.
Por eso las lilas son tan gratas para mí y tienen un significado mucho más allá de su precioso nombre: li-la, li-la, li-la, la, la...
Y por eso les tengo un cariño muy especial, de tal forma, que basta con escuchar esa palabra para que venga el recuerdo de mi abuelo y de aquel corral de la infancia. Y por eso, cuando el otro día se me cruzó (por azar o necesidad) el libro "En época de lilas" de e.e. cummings, no pude resistir la tentación de comprarlo. Reconozco que mucho más por mi abuelo que por e.e. cummings, y por las épocas de lilas, que son éstas, las de hoy, las de ahora. Las de la tardía primavera.

Otro día, algún poema del libro.

Monalisa








viernes, 14 de junio de 2013

tristeza -1




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Nota 29
Cuando era pequeño salía del cine / sintiéndome el héroe de la película, / camino de casa con aquella sensación / que hasta se iba con lavarme las manos. // Ahora que veo en casa las películas / y no consigo dar con el héroe, / salgo a la calle sin saber muy bien / quién sentirme y adónde marchar, / ni por qué esta sensación entra  / en mí y ve mi vida y sale / creyéndose ella para siempre.


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Nota 40
La gente no nace para estar sola. / La gente no sueña quedarse sola. / La gente no admite a la gente sola. / Y lo peor de todo: la gente no sabe / que en realidad está sola.


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Nota 46
Qué bueno haberme dado la vuelta / a mitad de tantos caminos, / elegir otros que ni siquiera lo parecen /  desmitificar las oportunidades, / los beneficios, el orgullo. // La gente lo llama perder trenes, / pero trenes -como dice / Jorge Reichmann en su poema- / solo son los que conducen a uno mismo. // Billetes, por favor. / Salimos cuando a mí me lo parezca.

José Alcaraz en "Edición anotada de la tristeza"







lunes, 10 de junio de 2013




Me tumbé a echar una siesta. Pero cada vez
que cerraba los ojos, pasaban cirros
lentamente sobre el Estrecho, camino de Canadá.
Y las olas. Rompían en la playa
y luego volvían nuevamente. Sabes que no sueño.
Pero ayer por la noche soñé que estaba viendo
un entierro junto al mar. Al principio quedé pasmado.
Y luego lleno de pena. Pero me
tocaste el brazo y dijiste: "No, todo es perfecto.
Era muy vieja, y él la quiso toda su vida".

Raymond Carver



jueves, 6 de junio de 2013

"Las pequeñas virtudes" de Natalia Ginzburg





Este pequeño libro de Natalia Ginzburg es una joyita. Consta de once relatos que, en su día, fueron publicados en distintas revistas y periódicos. Como siempre, cautivador y entrañable. Y para leer con avidez. Un gran placer.

“Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres. Nuestras existencias se desarrollan según leyes  antiguas e inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestra vida están fuera de la realidad. En cuanto vemos rotos nuestros sueños, nos consume la nostalgia por el tiempo en que bullían dentro de nosotros. Nuestra suerte transcurre en ese alternarse de esperanzas y nostalgias.”
(del relato: Invierno en los Abruzos)

“Mi amiga dice a veces que está harta de trabajar y que le gustaría mandarlo todo a paseo. Quisiera encerrarse en una taberna de mala muerte y beberse todos sus ahorros, o bien meterse en la cama y no pensar ya en nada, y dejar que vengan a cortarle el gas y la luz, dejar que todo se vaya a la deriva poco a poco. Dice que lo hará cuando yo me haya ido. Porque nuestra vida en común durará poco, no tardaré en partir y volver junto a mi madre y mis hijos, a una casa donde no me estará permitido llevar los zapatos rotos. Mi madre se ocupará de mí, me impedirá llevar alfileres en lugar de botones, y escribir hasta altas horas de la madrugada. Yo, a mi vez, me ocuparé de mis hijos, venciendo la tentación de mandarlo todo a paseo. Volveré a ser seria y maternal, como me ocurre siempre cuando estoy con ellos, una persona distinta de la que soy ahora, una persona a la que mi amiga no conoce en absoluto.”
(del relato: Los zapatos rotos)

“Por un instante, la ciudad puede parecer incluso risueña y hospitalaria: es una impresión fugaz. La naturaleza esencial de la ciudad es la melancolía: el río, perdiéndose a lo lejos, desaparece en un horizonte de nieblas violáceas que hacen pensar en la puesta de sol aunque sea mediodía, y en todas partes se respira el mismo olor intenso y laborioso del hollín y se oye el pitido de los trenes.”
(…)
“Cuando le preguntábamos si le gustaba ser famoso, contestaba, con una sonrisa maliciosa y soberbia, que siempre se lo había esperado; tenía a veces una sonrisa astuta y soberbia, infantil y malévola, que centelleaba y desaparecía. Pero el hecho de que siempre se lo hubiera esperado significaba que lo que había logrado ya no le daba ninguna alegría, porque era incapaz de gozar de las cosas y amarlas en cuanto las tenía.”
(del relato:Retrato de un amigo)

 En este relato, Natalia Ginzburg no menciona el nombre de la ciudad ni el de su amigo. Y, ciertamente, no es necesario, ambos son tan reconocibles...

Me ha traído estupendos recuerdos de la ciudad retratada. De los días con mi querida Ana. Y algún otro muy concreto, en mi ausencia, desde el puente. De humo blanco gris, como la niebla que nace abajo desde el río…





martes, 4 de junio de 2013

Imprescindible


 


NOMBRE ENTREGADO

Tú te llamabas tercamente Carmen
y era hermoso decir una a una tus letras,
desnudarlas, mirarte en cada una
como si fuesen rastros iguales de alegría,
contiguos besos en mi boca reunidos.
Era hermoso saberte con un nombre
que ya me duele ahora entre los labios,
me sangra entre los labios como el moho de una fruta,
como algo que yo querría nombrar constantemente
y me estuviese amordazando con su olvido,
con su apremiante negación de ser,
porque es inútil repetir lo que termina en nada.

Es posible que ya no puedas tú tener un nombre,
encerrar en un nombre tu ternura,
tus verdes ojos dulces,
la dorada humedad de tu cabello,
que ya no puedas responderme si te llamo,
si te sigo llamando y nada me devuelve
la ilusoria constancia de que aún eres cierta.

Ahora es de noche y tú no tienes nombre,
a nadie pertenecerá tu voz, tus adjetivos,
mientras cae la lluvia
mansamente y es más frágil la vida
cuando al llamarte sé que ya no tienes nombre.

¿Es verdad que te has ido para siempre,
que no podemos ya mirar los árboles mojados,
la lenta pesadumbre de las tardes calladas,
el nocturno temor que a nuestro amor se unía?
¿Es verdad que tu boca se irá deshabitando
sin responder a nadie ni siquiera en silencio,
que ya no cabré nunca en tu mirada,
en tus manos que guardan mi latido en su piel?

No puedo imaginar que alguien me llame
allí por ese reino donde ahora enmudeces
mordiéndote los labios como entonces
y tú vuelvas los ojos para ver si es posible
que tengas todavía un nombre en que esconderte,
un nombre que estacione la vida entre sus letras,
que sea vagamente igual que Carmen.
porque ahora es de noche y tú no tienes nombre.

Pero entonces he mirado la luz,
los péndulos furtivos del otoño,
los hombres que caminan y caminan,
las aves del regreso, torpes ya con el frío,
estos libros que ardieron con nuestros ojos juntos,
mis padres, mis hermanos, con sus sombras gemelas,
mi amigo Juan Valencia, que está a mi lado y no
me habla, y sé que estoy viviendo,
he aprendido que son las cosas quietas
las que evidencian mi razón de cada día,
que eres tú quien se ha ido a una gran soledad,
quien no puedes volver con aquel nombre tuyo,
con aquel cuerpo ajeno y transeúnte que tenías,
con algo que no sea caricia o beso o lágrima
y lo convoque todo en una historia única
donde decir tu nombre equivalga también a poseerte.

Porque es triste y es también preciso
comprender que eso es vivir: ir olvidando,
consistir en palabras que están llamando a nadie,
saber que es una grieta súbita
la que arrasa y corrompe la más cierta esperanza,
saber que es el desamor
quien detrás de lo más amado espera
para poder seguir viviendo
a pesar de la noche y tu nombre entregado.

J.M. Caballero Bonald 

de su "Antología Personal"


viernes, 31 de mayo de 2013

No debí volver




REGRESÉ a los treinta años de mi muerte. La casa, vieja, sin aquella mano de pintura que nunca pudimos dar; los libros, sepultados por el polvo; los muebles, devorados por la carcoma. Ni rastro de los míos.  Mi mujer, enterrada lejos, en el sur seco y amarillo. Mis dos hijos, a los que tanto quise, irremisiblemente borrados, sin pistas para saber qué habrá sido de ellos. Subo y bajo escaleras, cojo el ascensor, recorro el inmenso garaje, paseo por la acera, pero no conozco a nadie, no queda nadie de aquel tiempo. Y no puedo preguntar a esa gente extraña, porque no me oyen y, quizá, ni me ven. No debí volver.

Francisco Ferrer Lerín en "Hiela Sangre"



martes, 28 de mayo de 2013

13




Primero está la soledad.
En las entrañas y en el centro del alma:
ésta es la esencia, el dato básico, la única certeza;
que solamente tu respiración te acompaña,
que siempre bailarás con su sombra,
que esa tiniebla eres tú.
Tu corazón, ese fruto perplejo, no tiene que agriarse con tu sino solitario;
déjalo esperar sin esperanza
que el amor es un regalo que algún día llega por sí solo.
Pero primero está la soledad,
y tú estás solo,
tú estás solo con tu pecado original -contigo mismo-.
Acaso una noche, a las nueve,
aparece el amor y todo estalla y algo se ilumina dentro de ti,
y te vuelves otro, menos amargo, más dichoso;
pero no olvides, especialmente entonces,
cuando llegue el amor y te calcine,
que primero y siempre está tu soledad
y luego nada
y después, si ha de llegar, está el amor.

Darío Jaramillo Agudelo en "Del amor, del olvido"