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domingo, 9 de diciembre de 2012

A ti, que sé que me escuchas




EXCESO DE VIDA

Desde que te conozco tengo en cuenta la muerte.
Pero lo que presiento no se parece en nada
a la común tristeza. Más bien es certidumbre
de la totalidad de mis días en este
mundo donde he podido encontrarme contigo.
De pronto tengo toda la impaciencia de todos
los que amaron y aman, la urgencia incompartible
de los enamorados. No quiero geografía
sino amor, es lo único que mi corazón sabe.
En mi vida no cabe este exceso de vida.
Mejor, si te dijera que medito las cosas
(fronteras y distancias) en los términos propios
de la resurrección, cuando nos alzaremos
sobre las coordenadas del tiempo y el espacio,
independientemente del mar que nos separa.
Sueño con el momento perfecto del abrazo
sin prisa, de los besos que quedaron sin darse.
Sueño con que tu cuerpo vive junto a mi cuerpo
y espero la mañana en la no habrá límites.

Juan Ignacio González-Iglesias en "Eros es más"


miércoles, 5 de diciembre de 2012

Velázquez




Mientras España ardía y un poeta miraba deshacerse el hielo en canto, fluir las frases brillantes de la tierra, la luz, la salvación, él llegaba a la cima de lo eterno.

Y nadie pudo ir más allá. Algunos lo intentaron. Amplias crónicas relatan los naufragios de la época. Incluso el mismo rey quiso ser joven. Y así dispuso que brillara el sol en todo el territorio. Nadie pudo rozar siquiera la elevada música por él pintada. Mientras todo ardía, él levantó la hoguera inextinguible. Y vio hacia dentro, descubrió su ser. Música detenida, punto inmóvil.
El arte estará siempre pensándose a sí mismo en
Las Meninas.

José Luis Rey en "La luz y la palabra"



lunes, 3 de diciembre de 2012




Para contrarrestar un poco la acidez y la dureza de la entrada anterior, os dejo este dulce y tierno poema que, aunque no es alegre, deja un sabor dulce (una dulce melancolía) y antiguo como el de las pastas de vainilla y el té.

DE TARDE EN TARDE

A mi madre le gusta ir a ese café de sobrias lámparas,
pedir galletas de vainilla,
tomar dos tazas de té negro con parsimonia
como un acto ceremonial.
Hoy la he traído, pues, cediendo al gesto filial mi tarde laboriosa.
Tras los enormes ventanales vemos correr la vida afuera
mientras hablamos de otros días
y la tibieza del lugar sugiere que la felicidad no es más que esto.
De repente
como recuperando las palabras de un sueño
ella dice: "Qué lástima que todo se termina".
Lo dice con sonrisa liviana, pues sabe
que ser trascendental no conviene a la tarde.
(Mi madre cumplió setenta y cuatro años
y alguna vez fue bella).
Al fondo de las tazas el té pinta sus signos.
Yo no sé que decir.
Miramos la avenida, las caras planas de los transeúntes,
los árboles que callan. Anochece.

Piedad Bonett




domingo, 2 de diciembre de 2012






Os presento a Claus y Lucas, dos hermanos gemelos protagonistas de la novela que estoy leyendo (tres en una) de Agota Kristof. Con un estilo seco, duro… durísimo, directo y descarnado. Sin florituras ni metáforas, nos describe una realidad desoladora. La propia autora dijo: “No puedo volver a leer mis libros, porque me hieren de verdad”. No he terminado de leerlo, lo empecé no hace mucho, pero ya sé que Claus y Lucas se quedarán conmigo para siempre, como otros tantos personajes de ficción que me han marcado y que no podré olvidar.

Un capítulo del libro:


Ejercicio de endurecimiento del espíritu

"La abuela nos dice:
-¡Hijos de perra!
La gente nos dice:
-¡Hijos de bruja! ¡Hijos de puta!
Otros nos dicen:
-¡Imbéciles! ¡Golfos! ¡Mocosos! ¡Burros! ¡Marranos! ¡Puercos! ¡Gamberros! ¡Simbergüenzas! ¡Pequeños granujas! ¡Delincuentes! ¡Criminales!
Cuando oímos esas palabras se nos pone la cara roja, nos zumban los oídos, nos escuecen los ojos y nos tiemblan las rodillas.
No queremos ponernos rojos, ni temblar. Queremos acostumbrarnos a los insultos y a las palabras que hieren.
Nos instalamos en la mesa de la cocina, uno frente al otro, y mirándonos a los ojos, nos decimos palabras cada vez más y más atroces.
Uno:
-¡Cabrón! ¡Tontolculo!
El otro:
-¡Maricón! ¡Hijoputa!
Y continuamos así hasta que las palabras ya no nos entran en el cerebro, ni nos entran siquiera en las orejas.
De ese modo nos ejercitamos una media hora al día más o menos, y después vamos a pasear por las calles.
Nos las arreglamos para que la gente nos insulte y constatamos que al fin hemos conseguido permanecer indiferentes.
Pero están también las palabras antiguas.
Nuestra madre nos decía:
-¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! ¡Mi vida! ¡Mis pequeñines adorados!
Cuando nos acordamos de esas palabras, los ojos se nos llenan de lágrimas.
Esas palabras las tenemos que olvidar, porque ahora ya nadie nos dice palabras semejantes, y porque el recuerdo que tenemos es una carga demasiado pesada para soportarla.
Entonces volvemos a empezar nuestro ejercicio de otra manera.
Decimos:
-¡Queridos míos! ¡Mis amorcitos! Yo os quiero… No os abandonaré nunca… Sólo os querré a vosotros… Siempre… Sois toda mi vida…
A fuerza de repetirlas, las palabras van perdiendo poco a poco su significado, y el dolor que llevan consigo se atenúa."


*Gracias a Alejandro Palomas por sus sugerencias literarias, nunca me defraudan.


viernes, 30 de noviembre de 2012




En vano recorremos la distancia que queda
entre las últimas sospechas de estar solos... 

Caballero Bonald premio Cervantes 2012


lunes, 26 de noviembre de 2012

Cuéntame





Luis García Montero comienza su novela “No me cuentes tu vida” con estos versos:

En Varsovia, una muchacha hablaba así:
si quieres acariciarme, yo no me opondría
si quieres besarme, puedes hacerlo
te permitiría que me desnudes lo senos.
Pero debes saber que a papá lo fusilaron los alemanes
y a un hermano mío lo quemaron en los hornos.

Si quieres acariciarme, yo no me opondría
pero debes saber que todos estos muertos
aúllan en mí
y yo toda, soy ceniza.
Bésame, pero que no te sepa amarga.
                                                                 Geo Bogza


No me cuentes tu vida.
No me des la mitad de lo que ya no quieres.
                                                           Benjamín Prado



Desoyendo al autor, quiero decirte: Por favor, cuéntame tu vida. Dame, aunque sea, la mitad de lo que ya no quieres. Dame la mitad de tu pena.

Monalisa




miércoles, 21 de noviembre de 2012

Compañera de hoy




Compañera de hoy, no quiero
otra verdad que la tuya, vivir
donde crezcan tus ojos,
dando tu luz, tu cauce
a lo que veo y siento...

Deshacer ese ovillo
oscuro del temor,
encontrar lo perdido,
quebrar la voz del sueño...

Y lenta, lentamente
aprender a vivir,
de nuevo, de nuevo,
como en una mañana
cargada de riqueza.

Alfonso Costafreda