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domingo, 5 de agosto de 2012

Paréntesis (II)





(…)
“Es cierto que a veces la gente también sentía cosas para las que no había palabras, y no se hablaba de ellas. Es posible que la emoción más vieja del mundo fuera la de sentirse conmovido; pero describirla –nombrarla siquiera- debía de ser como tratar de apresar algo invisible.
(También es posible que el sentimiento más antiguo del mundo fuera, sencillamente, la confusión.)
Una vez la gente empezó a sentir, creció el deseo de sentir. Todos querían sentir más y más profundamente, aunque doliera. La gente se hizo adicta al sentimiento. Peleaba por descubrir sentimientos nuevos. Es posible que así naciera el arte. Se creaban nuevas clases de alegría al tiempo que nuevas clases de tristeza. La eterna decepción de lo que es la vida; el alivio de un respiro inesperado; el miedo a la muerte.
Ni siquiera hoy en día existen todos los sentimientos posibles. Faltan todavía los que están más allá de nuestra capacidad y nuestra imaginación. Muy de tarde en tarde, cuando aparece una música como nadie había compuesto, un cuadro como nadie había pintado o alguna cosa imposible de predecir, entender ni describir, irrumpe en el mundo un sentimiento nuevo. Y entonces, por millonésima vez en la historia del sentimiento, el corazón se eleva y absorbe el impacto.”

Nicole Krauss en “La historia del amor”

Hoy es mi cumpleaños y he querido regalar, a quien quiera disfrutarlo, este texto. Un fragmento del libro que estoy leyendo y que es uno de los más bellos que he leído últimamente. Realmente me ha conmovido y mi corazón se ha elevado y ha absorbido el impacto.
Gracias, amigos.


jueves, 2 de agosto de 2012

(paréntesis)


Willy Ronis


Amé las desapariciones y ahora el último rostro ha salido de mí.

He atravesado las cortinas blancas:

ya sólo hay luz dentro de mis ojos.

Antonio Gamoneda en "Libro del frío"





viernes, 27 de julio de 2012

Día laborable

Hago un paréntesis en la serie (que preveo excesivamente larga) para dejar aquí este relato que leí anoche.



Las cinco y media de la mañana. Suena el despertador.
Me levanto, me quito el vestido, lo pongo sobre la almohada, me pongo el pijama, voy a la cocina, me meto en la bañera, cojo la toalla, me lavo la cara con ella, cojo el peine, me seco con él, cojo el cepillo de dientes, me peino con él, cojo la esponja del baño, me cepillo los dientes con ella. Luego voy al cuarto de baño, me como una rebanada de té y bebo una taza de pan.
Me quito el reloj de pulsera y los anillos.
Me quito los zapatos.
Me dirijo a la escalera y abro la puerta del apartamento.
Cojo el ascensor del quinto piso hasta el primero.
Luego subo nueve peldaños y estoy en la calle. En la tienda de ultramarinos me compro un periódico, luego camino hasta la parada de tranvía y me compro unos bollos, y al llegar al quiosco de periódicos me subo al tranvía.
Me bajo tres paradas antes de subir.
Le devuelvo el saludo al portero, que me saluda luego y piensa que otra vez es lunes y otra vez se ha acabado la semana.
Entro en la oficina, digo adiós, cuelgo mi chaqueta en el escritorio, me siento en el perchero y empiezo a trabajar. Trabajo ocho horas.

Herta Müller en “En Tierras Bajas”